Por Javier Tolcachier

El domingo 17 de Junio tendrá lugar en Colombia la segunda vuelta para elegir presidente para el próximo período de gobierno. La paz se plebiscita una vez más, pero no sólo ella. Está en juego el modelo de país y la posición que adopte Colombia en sus relaciones internacionales.

La primera vuelta no arrojó mayorías absolutas, colocando en el primer lugar de la votación a Iván Duque, senador del Centro Democrático, la agrupación derechista de Álvaro Uribe Vélez.

Aunque a distancia de los 39 puntos porcentuales de Duque, el resultado constituyó un gran triunfo para Gustavo Petro, quien con un 25% pasó a segunda vuelta, siendo ésta la primera vez en muchos años que un candidato progresista, a la izquierda de la tradicional partidocracia, lo logra.

Por muy poco, con casi un 24% quedó fuera de la contienda Sergio Fajardo, candidato de la Coalición Colombia, apoyada por el Polo Democrático – al que anteriormente pertenecía Petro – , Los Verdes y Compromiso Ciudadano por Colombia. Con ello falló el intento de perfilar para la segunda vuelta a un candidato más centrista, que pudiera eventualmente capturar un voto más descomprometido.

El aún vicepresidente Vargas Lleras, neto representante del santismo saliente, cosechó un magro 7%, pese a contar con resortes del Estado y maquinaria clientelar. Esto sella el veredicto negativo del pueblo sobre el gobierno de Juan Manuel Santos. Humberto de la Calle, figura central en el logro de los Acuerdos de Paz con las FARC en La Habana, fue votado por el 2%, quizás porque el voto progresista y pro-paz se volcó a otras candidaturas. Los restantes candidatos no llegaron al 1% de los votos válidos.

La participación fue del 53%, superando en algo la crónica abstención en Colombia, cuyo promedio de participación electoral ha sido de un 46% entre 1978 y 2010, según datos de la Registraduría Nacional. En relación a las elecciones de 2014, acudieron en primera vuelta a las urnas casi seis millones y medio más de votantes, sobre todo jóvenes y mujeres.

¿Qué representa cada candidato?

Decir Iván Duque es decir Álvaro Uribe Vélez. Y decir Uribe Vélez es decir EEUU y Plan Colombia. Es hablar de “falsos positivos”, chuzadas a opositores, mano dura y militarización.

Si gana Duque, ganarán los grupos económicos corporativos, los conglomerados financieros, los medios hegemónicos, los terratenientes, ganarán los megaproyectos. Ganará un amplio arco de violencias, el paramilitarismo rural, el imperialismo y la guerra.  Perderán los campesinos desheredados, los líderes sociales, las comunidades rurales, los ex combatientes de la insurgencia. Perderán los pobres, los desocupados, el equilibrio medioambiental y se alejará la posibilidad de una América Latina libre e integrada.

Si gana Petro, ganará la posibilidad de una Colombia algo más democrática y pacífica, una Colombia algo más humana. Ganarán los sectores empobrecidos de las periferias. Ganará la historia truncada con la muerte de Eliécer Gaitán.

Duque es un neoliberal a ultranza. Previo a su primer y único período senatorial trabajó durante doce años como funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), fue asesor del ministerio de Hacienda en el gobierno conservador de Pastrana y también por un breve período consultor de CAF-Banco de Desarrollo de América Latina. Es predecible que apunte a construir megaproyectos de infraestructura, sobre todo en aquellas zonas anteriormente controladas por la guerrilla, favoreciendo al sector desarrollista y agroexportador, lo cual impedirá el retorno de la población desplazada por la guerra, acentuando además el éxodo forzado del campesinado a las ciudades.

Ha sido el perfil elegido por el ex presidente Uribe con la idea de proponer una imagen pública más joven y en apariencia alejada de la degradada política tradicional, aunque claramente dependiente por completo de ella.

Petro propugna un capitalismo menos descarnado, con propuestas de mayor inclusión, movilidad social ascendente y un menor impacto ambiental. Ha convocado a unirse en lo fundamental – defender los acuerdos de paz y su implementación, la educación pública, los derechos humanos, la tolerancia política, la separación de poderes – y dejar de lado las particularidades para conformar un gobierno de alianzas.

Otra de las luchas centrales en esta elección es entre una justicia amañada por el poder o un progresivo – aunque seguramente lento – avance de derechos para la tan vapuleada población colombiana. Entre la impunidad y la posibilidad de verdad y justicia para los millones de víctimas del conflicto armado.

Lo que también está en juego, al igual que en otros lugares de la región, son los derechos a la diversidad, la no discriminación y libre elección sexoafectiva. Si bien el candidato pentecostalista Trujillo sacó en primera vuelta apenas un 0.4%, esta tendencia fue una de las que ayudó a volcar el resultado del plebiscito de Octubre 2016 por el No, por lo que sin duda estuvo y está representada en la candidatura de Iván Duque.

La irresponsabilidad de los que son responsables

¿Quiénes son los responsables de que Colombia sea uno de los países más desiguales del mundo? O de la concentración extrema de tierras fértiles en pocas manos, que es prácticamente decir lo mismo. ¿Quiénes han hecho de la democracia en este país un tablero de corrupción partidocrática? ¿Quiénes fueron los causantes de la guerra que asoló a la nación durante más de cinco décadas? ¿Quiénes hicieron de Colombia el mayor productor de cocaína del mundo?

Los responsables estructurales son los mismos que hoy se agrupan bajo el ala de la candidatura de Iván Duque y de su mentor-gestor Uribe Vélez. Es una reedición apenas barnizada de aquel Frente Nacional a través del que, entre 1958 y 1974, conservadores y liberales se alternaron en el gobierno para frenar cualquier viso de transformación social. Es la continuidad del patriciado plutocrático de unas pocas familias que manejan política y justicia en este país desde su misma independencia nacional. No por nada se repiten una y otra vez los mismos apellidos en la política colombiana conformando un tinglado impermeable al pueblo de a pie.

Esta irresponsabilidad social de la derecha es acompañada hoy por la irresponsabilidad política e histórica de algunos dirigentes, aparentemente disidentes, pero finalmente funcionales a que todo siga igual.

El voto en blanco proclamado por alguno de ellos, es en esta oportunidad una opción mezquina, que sólo se explica por especulaciones de posicionamiento o por el deseo de continuar siendo potables para el establishment, aunque no es de descartar que alguno de estos dirigentes haya recibido presiones en ese sentido.

La enorme responsabilidad de los que no son los responsables

El pueblo siempre es el que sufre las consecuencias, a pesar de estar comúnmente alejado de las decisiones. Salvo quizás en esta ocasión, una oportunidad de oro para intentar algo distinto. La responsabilidad recae esta vez sobre la ciudadanía, en desafío al facilismo, la inercia y la irresponsabilidad dirigencial.

Frente a lo que parece una alianza incólume del centro a la derecha, los sectores del electorado que podrían balancear y cambiar las cosas son dos: Por un lado, los que votaron por Fajardo o La Calle, alrededor de cinco millones de electores o 13.6% del padrón. Por el otro, los que no concurrieron a votar, más de diecisiete millones de colombianos y colombianas que representan el 47% del total.

El primer sector, aunque dividido, tenderá mayoritariamente hacia la candidatura de Petro, votando los restantes en general en blanco o absteniéndose, sin que un número significativo vuelque su apoyo a Duque. Estos votos en blanco se harán eco de los temores difundidos por la propaganda difamatoria sobre un posible gobierno de Petro, serán víctimas de la manipulación por las redes y los medios o de sus propias aspiraciones de continuar siendo el furgón de cola de un sistema armado para pocos. La fiesta a la que no serán invitados, como se dijo – acertadamente – en la campaña previa al gobierno de Macri en Argentina.

En cuanto a los que no participaron en primera vuelta, ellos y ellas son los que tienen la última palabra. Las elecciones polarizadas suelen tener una mayor afluencia de votantes en el balotaje cuando no están decididas, es decir cuando ir a votar puede representar la diferencia. La pregunta es cuántos serán y qué los movilizará.

A la gran proporción poblacional que grita silenciosamente con su abstención, se le endilga falta de conciencia cívica. Desde los parámetros de la democracia regida por el capital, dicha conducta es considerada en público como negativa, aunque se la favorece degradando a la política en general. Así queda la vía libre para que el gran capital se sirva de los aparatos enquistados en el Estado para aumentar sus beneficios. Si así no lo hicieren, les espera a estos funcionarios una condena mediática o incluso penal. Ese es el núcleo de la corrupción real: la dependencia del poder político formal del poder real, en manos de las corporaciones de negocios.

¿Acaso esa abstención no es entonces signo inequívoco de protesta y resistencia a ese funcionamiento? ¿Acaso no es una constatación de que, finalmente, votar no sirve? ¿Acaso no es una acusación flagrante a la falta de coherencia que exhiben los candidatos traicionando al votante y a sus mejores esperanzas? Claro que lo es.

Sin embargo, el sistema se las ha arreglado para acallar y anular esta queja. El mecanismo es expedito y sencillo. Los únicos votos válidos son aquellos que se emiten prolijamente por alguna de las alternativas en liza. Por ello, la abstención se ha convertido en opción inútil, perdiendo toda efectividad.

En esta segunda vuelta, el voto en blanco no representa rebelión sino sumisión. Significa facilitar los negociados, la profundización de las desigualdades, el aumento de la delincuencia y un regreso a un pasado doloroso.

¿Quién ganará la elección?

Ojalá el pueblo, el campesinado y la mayoría ciudadana logren sobreponerse al fraude, a la compra de votos, a la extorsión, a la manipulación de las grandes cadenas de radio y televisión, a la presión extranjera, la farsa publicitaria y optar con mayor libertad interna entre dos opciones esta vez distintas.

Si eso ocurre – y no es en absoluto fácil que suceda – ganará el pueblo, acaso por primera vez desde hace décadas.