*Por Eugenia Cozzi

Si bien no es un documental, ni pretende registrar cómo se vive en el interior de las cárceles, El Marginal 2 colabora en la construcción de imágenes y en la creación de sentidos sobre sectores populares, el “mundo del delito” y la(s) violencia(s), dice la Doctora en Antropología Eugenia Cozzi. ¿Cuáles son los riesgos de la violencia extrema en la televisión argentina.

Más que una historia de varones presos, El Marginal es una densa trama de relaciones sociales. “Contactos” adecuados que permiten, facilitan, dificultan, impiden acceder a determinados circuitos o esferas de circulación de bienes (materiales y simbólicos). Así aparecen otros actores del “mundo del delito”: jueces, policías, autoridades, agentes penitenciarios, abogados; y todo tipo de interacciones sociales, que en algunos casos involucra distintas formas de violencia(s).

 

No es un documental, no pretende registrar cómo se vive en el interior de las cárceles, lo dicen desde el arranque, es una ficción y cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Sin embargo, colabora en la construcción y circulación de imágenes y en la creación de sentidos sobre sectores populares, el “mundo del delito”y la(s) violencia(s). Sin pasar por alto la advertencia de Laura Nader acerca de no estudiar –en este caso narrar/representar- a los pobres y excluidos porque “todo lo que digas será usado en su contra”, reconociendo los riesgos de colaborar en la consolidación de imágenes estigmatizantes y/o estereotipadas, existen otras dimensiones que merecen ser analizadas; esto es, cómo contribuye o no a devolverles ciertas lógicas y significados a esas acciones, prácticas e interacciones, frecuentemente negados.

 

Los Borges y la Sub 21

 

Una de las críticas a la serie apunta a que sólo se muestran interacciones con una excesiva carga de violencia física, sin detenerse en otras formas de relacionarse. Muchas de las imágenes construidas de manera externa sobre el “mundo del delito”, reproducidas en medios masivos de comunicación, suelen estar ligadas casi exclusivamente a un despliegue desmedido de violencia mostrada como irracional, caótica, sin sentido y sin reglas. Ahora bien, algunos de los conflictos y secuencias que retrata la serie, en especial en la primera temporada, ¿nos permite pensar algunas dimensiones productivas de algunas formas de violencias, más que mera destrucción?, ¿nos permite visualizar que no se trata de un despliegue de violencia irracional y caótico; sino que, por el contrario, es un mundo profundamente reglado?

En la primera temporada se muestra una serie de broncas y/o conflictos entre dos grupos bien diferenciados: Los Borges y La Sub 21, más otros personajes satélites que se vinculan con ambos grupos. Los Borges, un grupo de presos más grandes, con vínculos aceitados con las autoridades y agentes penitenciarios, ocupan un lugar de mayor poder que el resto. Posición que los convierte en un blanco codiciado para demostrar coraje y ascender en la escala de prestigio. Disputar poder desplegando violencia resulta, entonces, un proceso sumamente frágil y precario, se puede perder fácilmente, todo el tiempo está en riesgoLa Sub 21, en cambio, un grupo de presos más jóvenes, sin mayores cuotas de poder, destinados a uno de los peores espacios del penal, buscan ser reconocidos y respetados.

 

La historia muestra cómo uno de los integrantes de La Sub21 se atrevió a vender drogas, rubro dominado por Los Borges y la respuesta no tardó en llegar. Con la complicidad de algunos penitenciarios, fue el cuerpo de César, el líder más respetado de La Sub21, el territorio sobre el cual se re-inscribió, en términos de Rita Segato, el poder de Los Borges. La Sub21 no se “achicó”, pretendió reafirmar su coraje y vengar la vejación y humillación sufrida por su amigo. La respuesta de Los Borges fue implacable, pero al intentar restablecer un límite que se interpretó traspasado, las cosas se complicaron y hubo muertos de ambos lados.

 

Aparecen diversos usos de la violencia no sólo vinculados a la demostración de coraje, sino también como forma de obtener mayor poder sobre otros, aunque sea de manera frágil y momentánea; es decir, que se pueden ganar y perder fácilmente. Diversos estudios en el contexto local y regional han analizado cómo coexisten variadas formas de violencia física – a veces letal- y moral, algunas legales, otras ilegales pero no siempre consideradas ilegítimas, tal como señala María Pita. Así, algunas de esas violencias no son percibidas de manera negativa, sino que exhiben un costado productivo en tanto formas atractivas de adquisición y construcción de prestigio social y honor, como analizan entre otros Claudia Fonseca y José Garriga Zucal; ligadas a muestras de valentía y coraje, relacionadas así a formas de masculinidad, que permiten a sus protagonistas adquirir cierta reputación, ser respetados, disputar poder y autoridad en estos espacios sociales.

 

Una serie de reglas o códigos permiten distinguir entre usos legítimos e ilegítimos de esas violencias; es decir, establecen entre y/o contra quiénes, cómo, dónde, cuándo y por qué motivos resulta productivo, posible, permitido, prohibido u obligatorio participar en estos enfrentamientos. Fuera de esos límites podrán tener fama, ser conocidos, podrán tener poder (ser poderosos y temidos) como pareciera suceder con Los Borges pero no serán respetados. Así podemos pensar que el despliegue de violencia que permite obtener prestigio y ser respetado es, principalmente, entre pares masculinos (o masculinizados); blancos codiciados para demostrar coraje, valentía y ascender en la escala de prestigio.

Algunos estudios sitúan estas formas de construcción de prestigio social y honor en los contextos culturales, sociales y estructurales más generales en los cuales se producen. Así esas valoraciones sobre usos y formas de violencia(s), sobre cuales aparecen toleradas, aceptadas o censuradas y/o rechazadas, no se construyen en el vacío, sino con materiales disponibles en el contexto social y cultural más general; en nuestro caso, por ejemplo, los materiales disponibles para producir masculinidades hegemónicas están relacionados, en gran medida, a determinados despliegues de violencia como muestras de valentía, coraje, de no achicarse; y a mecanismos “extractivistas” de producción de poder, que se adquiere, se conquista, tal como señala Segato. ¿No será esta una de las claves de por qué logramos empatizar con algunos personajes de la serie? Por otra parte, es preciso comprenderlas como formas de “resistencias”, “soluciones”, “aceptaciones”, “confrontaciones” a contextos de desigualdad y exclusión social, en los que se sufren experiencias de humillación, de explotación económica y opresión política, (tal como han señalado entre otros Fonseca, Philippe Bourgois y Gabriel Kessler), cuestiones estas últimas que no aparecen profundizadas en la serie.

 

Antin, el director del penal y los penitenciarios

 

Otra las imágenes que suelen pesar sobre el “mundo del delito” está relacionada a la “ausencia de estado”; es decir, a cómo determinados mercados ilegales –como el de drogas ilegalizadas- logran desarrollarse en espacios presentados como “abandonados por el estado”, como territorios gobernados por narcos. Muy por el contrario, precisamente porque una de las especificidades de este mundo es que la mayoría de las prácticas, actividades y/o intercambios están criminalizados, por tanto ilegales, aunque no todos sean considerados ilegítimos; se generan particulares vínculos con el estado y, en particular, con las agencias del sistema penal.

 

Así, tal como llama la atención Vera Telles, las leyes tienen efectos de poder y condicionan el modo en que esas prácticas, actividades y/o intercambios se estructuran; es decir, circunscriben campos de fuerzas, campos de disputa, que se redefinen y se rehacen conforme a la vigencia de variadas formas de control y, sobre todo, de los criterios y procedimientos de criminalización de esas prácticas, actividades y/o intercambios, oscilando entre la tolerancia a la transgresión y la represión, “conforme contextos, micro-coyunturas políticas y relaciones de poder que se configuran en cada caso”.

En este sentido podemos pensar los diversos tipos de intercambios y/o negociaciones – en algunos casos más o menos forzados- y arreglos que se producen en la ficción entre las autoridades del penal, penitenciarios y presos, a partir de los cuales se permiten, toleran y/o promueven el comportamiento de personas o grupos como los liderados por Mario Borges o El Sapo y/o el desarrollo de diversas actividades, prácticas y/o intercambios, que gozan de protección; y se persiguen y prohíben otros, como La Sub21. Ese tratamiento diferencial, ligado a sus aceitados vínculos con algunos actores del sistema penal, les permite a algunos grupos posicionarse por encima del resto, ya que la protección de la que gozan hace posible desarrollar diversas actividades ilegales casi sin consecuencias; y, esto “los hace intocables”, al menos por un tiempo.

 

Estas escenas permiten dar cuenta cómo dichos intercambios ocurren siempre necesariamente en el marco de una relación -más o menos- asimétrica de poder. La forma como Michel Misse analiza la organización de los mercados ilegales en el contexto carioca también permiten iluminar como se desarrolla esta densa trama de relaciones sociales. Según este autor, las agencias del sistema penal, en su caso la policía es parte de la red de intercambios y trafica un bien muy particular, al cual denomina “mercancías políticas”; teniendo así un rol clave en la forma como se desenvuelve y desarrollan determinadas actividades y/o prácticas, como también determinados mercados ilegales. Para Misse, los actores del sistema, como la policía o en la ficción que analizamos las autoridades del penal y los penitenciarios, suelen negociar las condiciones del intercambio desde un lugar de superioridad; se apropian del plus de poder que le confiere su función, lo venden, lo negocian, para por ejemplo ofrecer protección a determinados grupos permitiendo que desarrollen sus actividades sin mayores consecuencias y perseguir a otros.

Ahora bien, no todos los en grupos están en la misma situación de asimetría para negociar, algunos como Mario Borges o, en un primer momento, El Sapo logran cierta posición, poseen dinero y bienes, cuestiones que les permiten construir una relación menos asimétrica que otros; es decir, con una mejor posición en la negociación, al menos por un tiempo. En cambio, otros, como La Sub21 se vinculan de un lugar de mayor subordinación. De igual modo, no todos los actores revestidos de estatalidad se encuentran en la misma posición de poder para imponer los términos de la negociación; así el estado tampoco puede pensarse como un actor monolítico, sino más bien existen distintos niveles de poder y jerarquías profundamente marcadas al interior, no todos están en las mismas condiciones para negociar con grupos y personas.

 

Recapitulando, los riesgos de la “pornografía de la violencia”

 

Ahora bien, como decíamos al principio del texto cuando estudiamos, narramos, representamos el “mundo del delito” ligado a los sectores populares existe el riesgo de colaborar en imágenes estigmatizantes y estereotipadas sobre estos fenómenos y sus protagonistas. Por el contrario, al no hacerlo y/o focalizar en algunas dimensiones de la sociabilidad de los sectores populares, se corre el riesgo de construir una mirada demasiado romántica, que no dé cuenta acabadamente del sufrimiento, de las experiencias de humillación, subordinación y opresión generados por las desigualdades sociales; y, al mismo tiempo evita comprender las lógicas, las dinámicas y los efectos productivos de la participación en estas actividades y/o intercambios.

 

Bourgois llama la atención sobre las tensiones entre culpabilidad y temor ante la posibilidad de presentar una imagen demasiado hostil y los riesgos de romantizar u ofrecer una imagen demasiado idílica o edulcarada; se rehúsa, no obstante, a ignorar o minimizar la miseria social de la fue testigo en sus investigaciones, ya que lo volvería cómplice de la opresión. Sin embargo, reconoce haber temido contribuir a una “pornografía de la violencia” que sumergía las causas estructurales bajo “los espeluznantes detalles de derramamientos de sangre, agresiones y heridas”, reforzando las percepciones negativas de los grupos subordinados. Esto pareciera estar sucediendo en los primeros capítulos de la segunda temporada de esta ficción; en los cuales se visualizan escenas cargadas de una desmedida violencia física, que en nada contribuye a devolverles sentido y significado a esas acciones, prácticas.

 

Fuente: Palabaras de Eugenia Cozzi, Revista Anfibia, Universidad Nacional de San Martín