Javier Tolcachier

México es, junto a Brasil, uno de los “hermanos mayores” de América Latina y el Caribe. No solamente por su peso demográfico – sus 128 millones de habitantes representan un quinto del total poblacional de la región – o por el tamaño de su economía, cuyo PIB equivale aproximadamente a un 20% del total regional.

México ha jalonado la historia latinoamericana con huellas que marcaron profundamente el devenir político y social colectivo. La Revolución de 1910 – aquella gesta del México profundo contra la desposesión campesina, la expoliación de recursos y territorio, la dictadura porfirista, la modernización forzada y un sistema excluyente – alumbró heroicos caminos de justicia social por los que luego transitaron, entre otros, Sandino y Farabundo Martí.

La Constitución de 1917 fue la primera en establecer derechos sociales, la separación entre Estado e Iglesia, la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores con el nacimiento de las jornadas laborales de ocho horas, la garantía de un salario mínimo mensual y el reconocimiento de la personalidad jurídica de los sindicatos. Asimismo incluyó el reparto de tierras, el federalismo y la división de poderes como sistema político.

Algo después, en la década del 30’, el general Lázaro Cárdenas sería nuevamente un pionero con la nacionalización del petróleo y la red ferroviaria, la producción ejidal comunitaria y la Reforma Agraria y la amplia acogida de exiliados de la Guerra Civil española.

Años más tarde, ya en tiempos de oscurantismo neoliberal, el levantamiento zapatista daría visibilidad al reclamo indígena, que luego se extendería como llamarada dando impulso a los movimientos indigenistas, siendo decisivos una década después en la política ecuatoriana y con la llegada de Evo Morales a la presidencia en Bolivia.

Por ello, en el contexto actual, la elección de Andrés Manuel López Obrador se inscribe como posibilidad de constituirse en señal de arranque de un renovado avance de las reivindicaciones populares en el continente.

Regeneración de México

México vive una situación de severa degeneración. Degeneración producto de las diversas violencias que asolan a su gente. La generalizada violencia del narcotráfico, los asesinatos de periodistas, los feminicidios, la reciente violencia política configuran un cuadro que, de alguna manera, sugiere el recuerdo de cierta tradición sacrificial azteca, que en su tiempo facilitó la invasión colonial por la colaboración con ésta de las etnias sometidas.

A ello se suma la enorme violencia económica que ha sumergido a más de 53 millones de mexicanos en la pobreza, entre ellos casi 10 millones en la indigencia más absoluta.

Degeneración social a la que se corresponde una profunda degeneración del aparato político, en el que el federalismo formal se ha convertido en feudalismo real, en el que campea el soborno, el tráfico de influencias, la evasión fiscal consentida y, cuándo no, el poder omnímodo en la formación de la opinión ciudadana de los cárteles de comunicación monopólicos.

Por esto es que a través de su nombre, el Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) y su líder López Obrador, han sabido interpretar correctamente la necesidad imperante y es la razón por la que es mayoritariamente correspondido por la población. México – sin duda alguna – necesita regenerarse.

Ni todo, ni ya, ni solo

El enorme enojo acumulado, la acuciante necesidad de transformaciones sociales profundas serán un factor de presión popular insustituible para acometer un nuevo rumbo. Sin embargo, la impaciencia y las justas exigencias derivadas de ello podrían constituirse paradójicamente, junto a las resistencias que colocará el poder concentrado establecido, en los principales escollos para el gobierno morenista.

La obligación de López Obrador será demostrar que no es una continuidad de la mentira política. Esto deberá manifestarse en revertir con la mayor rapidez posible la orientación y los efectos del Pacto por México, sellado en 2012. Dar un vuelco a la reforma educativa mercantilista, recuperar la soberanía energética, arremeter contra la financiarización de la economía, democratizar las telecomunicaciones, son en ello desafíos centrales. Pero sobre todo, emprender un programa de reformas económicas que independice a México del brutal sometimiento a los EEUU, país al que envía un 73% del total de sus exportaciones.

Del mismo modo, el inicio de un desarme progresivo de aparatos delictivos y de represión estatal cómplice de aquellos, la emergencia de una cultura de derechos humanos y la recuperación de la virtud en la esfera pública estarán entre sus retos más difíciles.

Aún más lento, aunque igualmente imperioso, será el proceso de reconocimiento efectivo de los derechos de la pluriculturalidad de México y la reivindicación cultural de sus raíces, proceso de reconciliación y autovaloración que está pendiente también en vastas regiones de la América mestiza, negra y originaria.

Nada de todo ello será viable de un día para el otro. Tampoco podrá hacerse (o deshacerse) por completo en apenas un sexenio. Acaso lo más importante sea que el pueblo mexicano asuma, más allá de voluntarismos y personalismos, que el acompañamiento ciudadano organizado será vital para cumplir con este programa.

Las esperanzas de integración de América Latina y el Caribe están con AMLO

En un mundo en el que las tendencias retrógradas y los neofascismos han tomado momentáneamente la delantera – en parte, como respuesta a una globalización económica y cultural asfixiante – la victoria del lopezobradorismo representa una suerte de “nacionalismo benigno”, un intento de retomar la idea soberana de Estado, de insertar sus relaciones en sentido multilateral y volver a colocar a México en la esfera de la integración regional.

Las fuerzas progresistas celebran la victoria de López Obrador porque ésta implica el debilitamiento de uno de los principales gobiernos satélites del intervencionismo foráneo en América Latina y el Caribe, propulsado sobre todo por los Estados Unidos de América pero también por algunos gobiernos europeos.

De particular importancia será la defensa de la Paz en la región. El nuevo gobierno en México, en oposición a la postura tomada durante el sexenio que ahora llega a su fin, podría convertirse en una suerte de mediador regional, amortiguando la andanada de acciones y sanciones del Norte, por ejemplo hacia Venezuela, Cuba o Nicaragua.

Una postura mexicana de tales características sería no solamente solidaria con las naciones hermanas del Sur, sino también consistente con su tradición diplomática, de la cual emergieron tratados señeros como el de Tlatelolco – vigente hasta la actualidad – a través del cual América Latina y el Caribe se convirtieron en la primera zona libre de armas nucleares del mundo.

De esa postura de diálogo y concertación surgieron también las eficaces mediaciones del Grupo de Contadora, en el que México, junto a Panamá, Colombia y Venezuela tuvieron un rol central en el logro de los acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra en América Central.

Aquel grupo se transformó posteriormente en el Grupo de Río, que fuera el antecedente inmediato de la creación en 2011 de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Retomando aquella senda, López Obrador podría contribuir enormemente a vigorizar la hoy paralizada CELAC como contrapeso al instrumento de hegemonía controlado por EEUU que encarna la OEA.

Por todo ello, la elección de Andrés Manuel Obrador como presidente es una oportunidad “bien chingona” para México y los pueblos hermanos de la América Latina y el Caribe.