El padre Mariano Oberlin escribió una carta en las redes sociales luego de vivir un hecho dramático.El párroco de barrio Müller se encontraba cortando el pasto cuando fue abordado por dos jóvenes quienes se llevaron una bordeadora. Aparentemente en ese momento comenzó un tiroteo, cuando intervino un efectivo de la Policía de Córdoba que oficiaba de custodio de Oberlin. Los disparos causaron la muerte de un joven de 14 años.

Este viernes, Oberlín relató en su cuenta de Facebook cómo vivió este traumático episodio.

“Lo que pasó ayer destrozó la vida de un chico, de una familia, de un barrio, de una parte sufriente de la sociedad, y no puedo dejar de llorar por eso. Pero también destrozó la vida de Martín, la de muchos de los que colaboran en nuestros espacios, quizás la del proyecto mismo, y destrozó también mi vida”

 

Oberlín contó que en el último tiempo recibió varias amenazas de muerte. La última fue hace dos semanas cuando dos chicas le dijeron que lo iban a matar como un perro. “Y a partir de ahí intuí que se ponía pesada la cosa”, dijo.

“Si pudiera cambiar mi vida por la de este chico, juro que la cambiaría. Pero aunque yo muera, él no va a revivir. Hoy siento que nada tiene sentido. Ni las luchas de tantos años, ni las convicciones, ni las palabras tantas veces dichas, ni el trabajo infatigable por intentar cambiar al menos una puntita de un sistema que está podrido desde la raíz”, dice en uno de los párrafos del texto.

 

 

Relato completo del Párroco Mariano Oberlin

“Hace un tiempo venía recibiendo amedrentamientos. Unos seis meses atrás estábamos con gente de la provincia viendo un terreno frente a los colegios de Campo de la Ribera, en donde pretendíamos evaluar la posibilidad de hacer un emprendimiento de reciclado de escombros y de ramas, y dos chicos que salían del colegio gritaron: “hay cinco mil pesos para el que lo mate al cura”. Dos policías en moto que estaban ahí en ese momento se acercaron para decirme que me cuidara, y sospecho que deben haber dado aviso para que me pongan protección. A partir de ahí me insistieron algunas veces en que aceptara tener una custodia. La primera vez que me ofrecieron eso, fue cuando hice públicas las amenazas que habían recibido las madres que venían denunciando la existencia del paco en el sector, pero nunca quise aceptarlo. En medio de todo esto, varias veces algunas personas me gritaron en la calle con furia: “Andá che cura vigilante”, “dejá de batir la cana che culiado”… Una de esas veces una moto se paró frente a mí en la puerta de los galpones para gritarme algo de eso, estando al lado de Miguel Ciciliano que había ido de visita y puede atestiguarlo. Hasta que desde hace un par de meses, en distintos lugares y de distintas maneras, algunos niños (de 5 años en adelante), cuando me veían en la calle me decían: “eh, cura, yo te vi por la tele… a vos te quieren matar”.

A partir de ahí decidí aceptar la custodia. Pero con la condición de que no sea cualquier policía, sino Martín. Desde que yo llegué a la parroquia hace casi siete años, él y toda su familia fueron algunas de las personas más cercanas y colaboradoras que encontré. Entre otras tantísimas cosas que hicieron en favor del proyecto que venimos desarrollando, durante los tres años que tardamos en reciclar la casa de barrio San Martín que habíamos comprado para poner en valor y cambiarla por los galpones en los cuales estamos desarrollando los talleres, él fue el colaborador más incondicional, haciendo las veces de albañil, carpintero, herrero, plomero, y cuanto hiciera falta, siempre en sus horas libres fuera del trabajo.
De todos modos, mi pedido fue que no estuviera tanto conmigo, sino más bien acompañando los trabajos que se hacen la parroquia, atento a cualquier cosa que pudiera pasar, salvo que fuera estrictamente necesario que me siguiera a algún lugar puntual.
Hace dos semanas me pararon dos chicas en la terminal y me dijeron: “a vos te van a matar como un perro”. Y a partir de ahí intuí que se ponía pesada la cosa. A esto se lo conté en confidencia a algunas personas, pero se ve que se filtró por algún lado, y en varios medios me preguntaron si había sido amenazado. Sin embargo yo preferí desestimar el tema (aunque la verdad es que formalmente no había sido amenazado), porque no quería generar pánico entre las personas más allegadas, y porque creo que no es justo que por culpa de un par de matones se siga llenando de estigmas a una zona tan estigmatizada. Pero durante este tiempo he tenido el pensamiento recurrente de que en algún momento podía pasar. Y por algún misterio macabro, no podía dejar de imaginarme que sería de un tiro en la cabeza.
Lo que pasó ayer destrozó la vida de un chico, de una familia, de un barrio, de una parte sufriente de la sociedad, y no puedo dejar de llorar por eso. Pero también destrozó la vida de Martín, la de muchos de los que colaboran en nuestros espacios, quizás la del proyecto mismo, y destrozó también mi vida.
Pero entiendo que se han dicho muchas cosas sobre esto, y creo que es necesario que yo cuente lo que viví.
Estábamos con un grupito de personas preparando un terreno aledaño a la parroquia en donde hoy estaba previsto inaugurar una plaza. Algunos estaban pintando unos murales, algunos niños estaban jugando a la pelota en el playón, y yo personalmente estaba cortando yuyos con una desmalezadora. Mientras iba cortando, aproximadamente a la mitad del paredón perimetral del hogar de ancianoos, vi un pozo pequeño pero profundo. Seguramente sugestionado por todo lo que venía pasando últimamente, empecé a fabular con que quizás sería un guardadero de drogas, o algo así. Sin embargo no me animé a mirar hacia adentro… Así es que seguí cortando hacia la esquina opuesta al playón, siempre contra el mismo paredón. Cuando estaba a unos cinco metros de la esquina (y por lo tanto a unos setenta metros de donde estaban trabajando y jugando los demás), pasaron dos muchachos (uno más jovencito y uno más grande). Mientras pasaban frente a mí, me miraron de una manera que me llamó la atención. Pero seguí cortando los yuyos. En un momento, en el balanceo de la desmalezadora, alcanzo a ver que se habían parado más o menos a la altura de donde estaba el pozo, y se agacharon como si estuviesen buscando algo. Ahí me asusté bastante porque, en medio de las fabulaciones, pensé que sin querer había visto, tocado, o roto algo que sería de ellos. Pero seguí cortando. Cuando vuelvo a balancearme hacia el lado en el que estaban ellos, los veo que se me venían encima con un arma cada uno. Me gritaron que apagara la desmalezadora. Cuando la apagué, me pidieron que la dejara en el suelo y que me saque el arnés. Luego uno de ellos, el más grande, me sacó el celular del bolsillo, y me pidió la billetera. Le dije que no tenía billetera, y me dijo que corriera. Mientras ocurría todo esto, lo único que podía pensar era que había llegado el momento en que se iban a cumplir los anuncios directos e indirectos que había recibido. Así es que salí corriendo, pero mirando para atrás cada tanto. Hasta que sentí que comenzaron los disparos. En medio de los nervios, no pude distinguir realmente cuántos disparos hubieron, ni de donde salían. Pero mientras corría me crucé en sentido contrario con Martín que venía desde la punta opuesta del playón gritándoles. De todos modos la distancia entre Martín y los chicos era de por lo menos cien metros, y los chicos iban corriendo entre medio de un yuyal muy alto, por lo cual casi no los podía ver cuando me daba vuelta. Por todo esto tengo la certeza de que es imposible que en esas circunstancias el tiro hubiera sido apuntado intencionalmente al chico que lo recibió.
Cuando llegué hasta el playón, me dicen los que estaban ahí que Martín me llamaba. Entonces me fue hacia donde estaba él. Cuando iba llegando, alcancé a ver entre medio de los yuyos las manijas de la demalezadora, y pensé que la habían largado. Pero cuando me acerqué más lo vi al chico tirado con el arma en la mano, desangrándose, y me quise morir. No podía parar de llorar por esta vida que se cegaba, pero no podía hacer nada para evitar que pasara lo que estaba pasando. Solamente esperaba que alguien me despertara y pasara esa pesadilla. Pero ya no va a haber forma de despertar.
Nunca hubiese podido imaginar que la bala que desde hace unas semanas imaginaba que iba a impactar contra mi cabeza, podría terminar en la cabeza de un chico de catorce años.
Si pudiera cambiar mi vida por la de este chico, juro que la cambiaría. Pero aunque yo muera, él no va a revivir.
Hoy siento que nada tiene sentido. Ni las luchas de tantos años, ni las convicciones, ni las palabras tantas veces dichas, ni el trabajo infatigable por intentar cambiar al menos una puntita de un sistema que está podrido desde la raíz.
No sé cómo seguirá la vida para adelante. Sólo sé que no quiero seguir alimentando toda esta maquinaria de violencia, exclusión y muerte”.

 

Fotografía: La Voz del Interior