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La alegría del Sur: No nacimos para sufrir

Javier Tolcachier

El equipo argentino de fútbol derrotó al francés en la final de la Copa del Mundo 2022. En un partido electrizante, que derrochó talento y emociones variadas, los albicelestes consiguieron un triunfo merecido frente a un seleccionado que, a priori, era uno de los principales candidatos a coronarse campeón. Pero la pasión y el esfuerzo concertado del once dirigido por Leonel Scaloni afuera del campo y comandado por Lionel Messi adentro de la cancha, pudo más.

Asimismo, el aliento mayoritario de los presentes en el estadio y de gran parte de los habitantes del Sur global, aportó la energía popular imprescindible para que Argentina, en nombre de los empobrecidos y vejados, de los saqueados y discriminados del mundo, levante el trofeo dorado.

¿Multiculturalismo o inmigración colonial?

Como un símbolo de las paradojas a las que nos tiene acostumbrados el tiempo actual, fueron quienes vistieron la camiseta francesa, los que mejor representan por su apariencia y memoria, el pasado (y presente) de expoliación colonial.

Luego de los cambios efectuados por su técnico, con contadas excepciones, los jugadores de campo exhibían en su piel su condición de hijos de la profusa inmigración de territorios anteriormente bajo el yugo del imperialismo francés.

A diferencia de momentos anteriores, en los que los países poderosos económicamente reclutaban para sus escuadras nacionales a los talentosos del Sur mediante el recurso de entregarles un documento de identidad, en este mundial, los jugadores que vistieron la camiseta azul son casi todos nacidos en Francia. Eso sí, en esa Francia de la periferia, cargada de pobreza y discriminación.

Condición que no es ajena a la de muchos de sus rivales argentinos, quienes en sus sueños de gloria escalaron la empinada escalera desde las barriadas humildes o de clase media baja a la encumbrada élite del fútbol.

En cuanto al equipo francés, ¿es su integración una señal de la multiculturalidad que hoy se extiende a todo el planeta o sigue siendo un recuerdo de la biografía dolorosa de quienes emigraron forzosamente de sus lugares de origen en busca de mejores condiciones de vida? ¿O es quizás las dos cosas? De lo que no cabe duda, es que posiblemente sea una muestra de la resistencia que existe en la propia mirada a aceptar que jóvenes de piel negra canten hoy el otrora himno revolucionario la Marsellesa con una emoción cercana a la de sus coterráneos de piel blanca.

Posiblemente también, si se logra trascender las fronteras de la mera percepción, se pueda intuir en los jugadores argentinos un mestizaje cultural similar. ¿O acaso la altivez y la unidad no son un legado de nuestros pueblos originarios y la pasión y el dramatismo un aporte de aquellos sufridos inmigrantes italianos en el ocaso del siglo XIX? ¿No es la técnica y la planificación una importante herencia de nuestros connacionales de origen nórdico, al tiempo que el tesón y cierta tozudez trazos innegables del blasón español?  Mientras la hidalguía y la lealtad constituyen innegablemente características regadas en estas tierras por la cultura árabe, el amor al conocimiento y cierto espíritu mesiánico hacen parte de lo que entregó la inmigración judía al pueblo argentino, de igual modo que la picaresca forma parte del acervo de los andaluces que llegaron a asentarse en este territorio.

Si hay algo que puede ser considerado “típicamente argentino”, no es el mate ni la costumbre de asar carnes, sino la conjunción de todas estas virtudes y destrezas, forjando una inventiva y una notable variedad de opciones capaz de sobreponerse a la adversidad, lo que pusieron una vez más de manifiesto sus futbolistas.

No nacimos para sufrir

Las variaciones en las circunstancias del juego hicieron que los hinchas de la selección argentina recorrieran un carrusel de emociones. De la angustia por la impensada derrota inicial frente al equipo de Arabia Saudita a la imperiosa necesidad de triunfos ante México y Polonia para no ser eliminados del torneo, pasando luego por el triunfo ante Australia, la agónica victoria ante Países Bajos y el algo más distendido trámite del marcador ante Croacia, la fe compartida en las capacidades futbolísticas del seleccionado fue por momentos el mástil que sostuvo a los remecidos corazones en medio de la tormenta de goles a favor y en contra.

¡Y qué decir del partido definitorio contra Francia, en el que por dos veces el resultado pareció estar cerrado! Diez minutos antes del final primero, cuando la ventaja de dos goles era aparentemente suficiente para coronarse campeones y tres minutos antes del término de tiempo suplementario, cuando nadie creía posible que Francia pudiera equilibrar un esquivo tres a dos. Ya sobre el final, un ataque peligrosísimo en que un delantero quedó frente a frente con el arquero argentino paralizó por un instante el corazón de todos, llevando la increíble atajada de Emiliano “Dibu” Martínez a la fase de definición por penales.

La estampita de “San Dibu, protector del arco”, que recorrió las redes sociales poco antes de los tiros finales, fue la muestra más acabada de la religiosidad presente en el pueblo.  Mucho más allá de los marcos dictados por las confesiones formales o de su laicismo, millones de argentinos encendieron velas, sahumerios, repitieron mantras, etiquetaron a un ex presidente como principal portador de mala suerte (“mufa”, “yeta”, en el lunfardo porteño) y acudieron a las más diversas cábalas y promesas para pedir por el triunfo argentino.

Finalmente, el acariciado sueño se volvió realidad, rindiendo tributo al fervor popular y a la fe interna y las habilidades de un joven despreocupado de las convenciones, descarado e insolente con las jerarquías, que exhibió su premio individual de mejor arquero del torneo como un falo erguido, ante la mirada de jeques, emires y otras excelencias.

Argentina se había consagrado campeona de la copa mundial de fútbol 2022. Pese a la indescriptible felicidad, acaso apabullados por el vendaval emocional que debieron atravesar, experimentado también por millones de connacionales, muchos alcanzaron a explicar: “Nacimos para sufrir”, concentrando en esa frase la historia misma de un territorio desgarrado por múltiples violencias.

He aquí que, pese a la alegría, el reconocimiento y agradecimiento por el resultado futbolístico, nos permitimos no coincidir con esa desafortunada sentencia. Es más, consideramos ese aforismo como un precedente de futuras y recurrentes derrotas, un verdadero amuleto de la desgracia.

¿O es que tendremos que continuar aceptando que tantas personas estén por debajo de niveles de existencia dignos de la condición humana? Repetir la consigna de que sufrir es connatural de la vida representa una afrenta a la posibilidad de transformar las condiciones dadas, de rebelarnos ante la naturalización de preceptos heredados que en nada ayudan a mejorar nuestras vidas y la de nuestros pueblos.

No hemos nacido para sufrir, ni argentinos, ni franceses, ni ningún ser humano sobre esta Tierra. Hemos nacido precisamente para lo contrario, para liberarnos crecientemente de todo dolor y sufrimiento humanizando al mundo, lo que debería constituir el objetivo central de nuestra existencia.

Ojalá el aporte de cada quien contribuya a acercarnos a ese logro de la especie, para que entre todas y todos levantemos la copa.

(*) Javier Tolcachier es investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de noticias con enfoque de paz y no violencia Pressenza.